María Sabina y la palabra chismosa en la Sierra Mazateca de Oaxaca, México

Mar 13, 2018 | Plantas Sagradas

Anita Lino

Anita Lino

Doctora en Antropología Social

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La presente comunicación propone una reflexión sobre el “chisme”. Sí, chisme… Esa especie de discurso que muchas veces se dispersa de manera invisible; y que por otras, también se hace notar demasiado. Más específicamente, vengo a hablarles sobre el “chisme” que ocurre entre los mazatecos, y también, entre los “mazatecos” y las personas que les son extrañas.

Les convido a una anatomía breve de aquello a que llamamos “chisme”. Diría Hans Weiditz, un artista italiano que ilustró con sus grabados muchas obras de Petrarca, que el “chisme” es cosa del diablo, algo pecaminoso, criminal, o que trae mal augurio. Hasta el Papa Francisco ya ha dado su negativo decreto sobre el chisme: dijo que “la persona chismosa es un terrorista”, pues ella “lanza una bomba, destruye y se marcha” (discurso hecho en Nápoles, en 23 de marzo de 2015); y el Papa no lo da sin razón, pues encuentra su fundamento en la propia Bíblia, como en el libro de Proverbios, que define la inmoralidad del “chisme” en varios de sus versículos:

“La gente chismosa revela los secretos; la gente confiable es discreta” (Proverbios 11:13)

“El perverso provoca contiendas, y el chismoso divide a los buenos amigos” (Proverbios 16:28)

“Con la boca el impío destruye a su próximo, pero los justos se libran por el conocimiento” (Proverbios 11:9)

No se aburran, el enfoque de este escrito no está en la Biblia.

Podríamos, entretanto, recordar tantas otras tendencias religiosas y siempre encontraríamos una u otra frase sacralizada que reprueba los actos de murmuración, condenando terriblemente a los chismosos. Esa moralidad también la vemos en el universo laico: la propia educación de los padres, las campañas anti-bullying en las escuelas, las conversaciones y palestras anti-chismes que se dan en los universos corporativos… Todo esto nos puede señalar que el “chisme” es un tema polémico y tanto, y ambiguo, que pone en riesgo la moral al mismo tiempo que la reitera, controlándola y violándola a la vez.

A pesar de todo ese aspecto negativo, imprudente, y hasta pecaminoso que se le da al “chisme”, algunos autores más fisgones no se aguantaban de curiosidad, y se ponían a mirarle a un lado más positivo. Para el Antropólogo, Psicólogo y Biólogo Evolucionista británico, Dr. Robin Dunbar (1996), por ejemplo, el chisme siempre ha sido esencial para el desarrollo evolutivo humano, sirviendo, inclusive, para un incremento en la habilidad y la erudición del habla, llegando a decir que sólo hablamos y estamos vivos hoy gracias a los chismes que nuestros ancestros más lejanos contaban entre sí. Un chisme, asimismo, podría servir de control proteccionista de la moralidad, estableciendo lazos de amistad y delimitando muy bien las enemistades.

Sin miedo de exagerar, y siguiendo por la senda de animados científicos como Dunbar (ídem), podríamos decir que el “chisme” tiene una ‘capacidad psicotrópica’ increíble (en el sentido etimológico del término “psicotrópico” – como algo que puede cambiar comportamientos y modificar los humores, moldeando actitudes). El chisme puede cambiar los estados de consciencia de un grupo, sea grande o chico. Siento decirles, señoras y señores, pero eso me daría suficiente soporte para afirmarles que todos los ‘hacedores de ciencias’, como los arqueólogos, historiadores, antropólogos, lingüistas, místicos, psiconautas, aventureros, curiosos, vecinas y vecinos, mujeres y hombres, niñas y niños… hacen “chismes”. Es algo que, así como la propia vida y la muerte, no tiene escape: todos están sujetos a hacerlo, y cuando no de ser objetos de ello, de la misma manera como están sujetos a sentir hambre, sed, o sueño.

Vamos al diccionario. De la RAE, “chisme”, del lat. schisma, y por primera instancia, del gr. σχίσμα schísma, tenemos la denotación de “escisión, separación”. En 1ª acepción: (m. coloq.) Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna. Tenemos también el llamado “chisme de vecindad”: Que denota aquello que versa sobre algo de poca importancia. Y es bueno puntuar que ese dato sale de la Real Academia Española con todos sus derechos reservados, ¡para que ustedes se lo puedan seguir chismeando a donde sea!

Al llegar a Huautla de Jiménez a los finales de la década de 1950, Robert Gordon Wasson no se aguantaba de curiosidad y – quizás siguiendo, aunque inconscientemente, las mismas intenciones del escritor, filósofo y orador latino Lucio Anneo Séneca (2007), quien decía “Nada me encanta, por más que no exista cosa igual y provechosa, si he de saberla solito” –, quería compartir con el mundo sus descubiertas. Este señor no contaba con título de Antropólogo, ni de Lingüista, Arqueólogo, Historiador, o cualquier cosa del tipo: él era un banquero de Nueva York, que hacía algunos años había trabajado como periodista. Él y su esposa, Valentina Pavlovna, rusa de nacimiento, se impresionaban con el comportamiento de ciertas sociedades con relación a los hongos: algunas de ellas los consumían; otras los rechazaban.

Fue a través de los registros de Richard Evans Schultes y de lingüistas misioneras (una de ellas, Eunice Victoria Pike, del Summer Institute of Linguistics) que Wasson supo de la Sierra Mazateca y del municipio oaxaqueño de Huautla de Jiménez – estos registros apuntaban acerca de la existencia de una práctica micolátrica entre los indígenas de aquella región montañosa –; y por allá, Wasson tendría a su amigo esperándolo, un señor igualmente entusiasta por los honguitos, el fotógrafo profesional neoyorquino, Allan Richardson. Se iban los dos, en aventura por aquellas callecitas que todavía eran hechas de pura tierra batida, sin pavimento, a buscar aquellos honguitos tan interesantes.

Wasson tenía, como cualquier humano chismoso, su referente, la protagonista de sus cuentos, y la del caso era una señora arrugadita de nombre María Sabina, que pudo conocer en su tercera subida a la Sierra Mazateca. Esa señora era, simplemente, la curandera oficial del síndico municipal de la época, un tal de Cayetano García. El caso es que, Wasson ya había bajado dos veces a la Sierra, y nunca había logrado llegar a un rito con cualquier mazateco que fuese. En desespero, por su tercera vez en la Sierra, Wasson decidió ir a presentarse con las autoridades: y eso fue muy efectivo. Se presentó hablando directamente de los honguitos, preguntándole al presidente dónde podría presenciar un rito con los ndi xi tjo (del mazateco, “pequeño que brota”, una de las formas de nombrar a los honguitos).

Un caso gracioso de los comprometidos psiconautas, de lo cual comparte Wasson, es que ellos frecuentemente tratan de marcar que su trabajo es inédito e importante: en su libro, Wasson siempre ha tratado de marcar bien su puesto como primer hombre blanco a realizar una velada con una indígena, y claro, siempre busca la institucionalización de su ciencia, demarcando su epistemología: juntamente con su esposa, y con sus compañeros de investigación (como el botánico Roger Heim), ellos estaban, heroicamente, fundando la Etnomicología, la rama micélica de la Etnobotánica.

Wasson quiso transmitirle al mundo erudito aquella experiencia. Y lo hizo: en 1957, publicó un artículo en la revista Life, un artículo que contó con fotografías tomadas con estroboscopio y descripción detallada del rito que presenció en aquellas tierras indígenas. Pero buscando, como llega a afirmarlo, proteger a la integridad de María Sabina, Wasson optó por entregarle el pseudónimo de Eva Méndez en sus publicaciones, y de identificarla como mixteca, y no mazateca.

El antropólogo Jay Fikes (2009) – que es un autor que se dedica a analizar las obras de Carlos Castaneda –, cuenta que poco tiempo después, un fotógrafo llamado Howard Taylor, inspirado por los escritos de Wasson, con la revista Life en sus manos, se propuso a buscar a aquella señora que trabajaba con honguitos, y se aventuró por la región Mixteca de Oaxaca con el objetivo de encontrarla. Sin suceso, resolvió ingresar a la Sierra Madre Oriental, y ya en tierras mazatecas, en una de sus andanzas, llegó a reconocer a la señora de las fotos. No demoró mucho, al regresar a su tierra, Howard Taylor trató de reprocharle con muchas ganas al trabajo “mentiroso” de Wasson, escribiendo el caso en un artículo periodístico. Nuestro banquero etnomicólogo, no obstante, no dejó el fotógrafo sin respuesta: él se consideró inocente y a la vez responsable por la llegada de tanta gente curiosa por probar de otras realidades en tierras mazatecas, y reconoció que Sabina le había pedido a que sus fotos y palabras no fuesen publicadas. No mucho después, Wasson dio proseguimiento a su trabajo de registro, grabando los cantos de María Sabina en un disco.

Regresemos rápidamente a la cuestión del chisme para que me entiendan mejor. Si analizáramos al “chisme” utilizando una teoría lingüística, podría yo recordarle a Jakobson (1992: 129) con su modelo de análisis sobre la comunicación (ver fig.1): el “chisme” tendría su enfoque en el “contexto”, pues, es la información que pasa del emisor al remitente durante la interlocución la que importa. De otra parte, trato de adelantarles, siguiendo las postulaciones de varios de los entusiastas de la Etnopoesía y también las teorías de varios antropólogos, la “palabra-florida”, es decir, el opuesto de esa “palabra-chismosa” (que también es una “palabra-mentirosa”), tendría como enfoque el “mensaje”, siendo el “mensaje” por sí mismo y generando un lenguaje poético, donde el eje sintagmático se sustituye por el eje paradigmático.

Figura 1. Esquema de comunicación de Roman Jakobson (1992)

Esto significa que, para los mazatecos, lo que se llama de “palabra florida” (literalmente, “én naxó”), una palabra que viene de los honguitos, es una “palabra verdadera” (o como dicen ellos, “én kixi”). Su opuesto directo sería “én ndiso”, término que denota “mentira”, y que denota “chisme” a la vez. Veamos los ejemplos, en contexto enunciativo:

Én kixi kafákaona “me habló con la verdad”

Én ndiso kafákaona “me habló con la mentira / me hizo chisme”

Chjota ndiso “persona mentirosa / persona chismosa”

Chjota xi kixi nchja persona que habla con la verdad”

De hecho, y muy parecido a lo que presenta Bruna Franchetto (1986: 251) en su estudio sobre los géneros discursivos entre los Kuikuro del Alto Xingu , y como se me fue explicado en campo, entre los mazatecos también parece existir un “hablar bueno” y un “hablar malo”. En el caso xinguano, como registra Franchetto (ídem), el “hablar bueno” vehicularía la “expresión de intuitos socializadores y ligados a la vida, que alimentan la continuidad de la tradición y la integridad del grupo o individuo”, mientras que la segunda, se comportaría como “el arma secreto del poder del hechicero”, vehiculando la “división, la enfermedad o la muerte”. El “hechicero”, para los kuikuro vendría a ser una persona “antisocial” por excelencia, y ese “hablar malo” se compararía mucho al “chisme”, que entre los kuikuro recibe el nombre de “noticia”, y a las acusaciones de un “hablar rabioso”, que “queman, destruyen y matan” (una especie de crítica muy emotiva y agresiva).

Asimismo, entre los kuikuro, de acuerdo con Bruna Franchetto, la “mentira” y el “chisme” cargan efluvios capaces de enfermar. Tan creativos como el “canto”, por presentaren una propiedad de ampliación, (re)creándose “como la música”, y elaborando “mundos imaginarios” (op.cit.: 290), ellas son clasificadas como un género que se diluye y que se transforma entre sí, consistiendo, por tanto, en “escenas creativas en la reproducción de experiencias individuales y colectivas”.

Semejante al caso kuikuro, en la lengua mazateca, tenemos en la expresión “én ndiso” una suerte de “mentirar-chismear” mazateca, una expresión que parece recorrer “los canales comunicativos internos a un grupo” demarcando su “existencia en contraste con otros grupos al mismo tiempo”, siendo también, no obstante, parafraseando Franchetto, el “habla que unifica, igualiza y desagrega, jerarquiza” (op.cit.: 284). Este discurso peligroso que se verbaliza, encuentra su relación contradictoria con lo que podría ser la “palabra-verdadera” con la cual se puede tomar contacto a través, por ejemplo, de lo que serían las “artes curativas” en general, mediante el respaldo de los “honguitos”, y de todo aquello que ellos tienen la capacidad de mediar – como es el contacto con los chikones, los dueños de los lugares, o mismo con Ji Nain, Ji Na (“Dios Padre y Madre”).

Ese “mentirar-chismear” se hace estrictamente prohibido, por ejemplo, en el período de dieta, previo y posterior a la ceremonia con ndi xi tjo, visto que en tales liminaridades el habla debe de ser guardado y protegido de tales “alocuciones arriesgadas”, y del mismo modo, el sexo debe de ser protegido de intercambios sexuales, y la generosidad debe de ser protegida de la oferta de comida a otras personas.

Esto, por tanto, nos podría llevar a pensar que entre la “palabra-verdadera” y la “palabra-mentirosa/chismosa” se figura un gigantesco abismo semántico. Y esa semántica abismática se ingresa a un sistema complejo de afectaciones que revelan, políticamente, las tendencias más variables. En tal sistema, el chjota chjine (la persona sabia) posee una posición muy específica: siendo un intermediador en la velada, él tiene la capacidad y la función de desarticular palabras hechas de mentiras/chismes, floreándolas con las palabras que recibe de las flores (como los honguitos); pero, cualquier persona, en posesión de las mentiras/chismes, puede hacerles enfermar a otras personas, y los chjota chjine no se exentan de esa agencia.

La palabra de los ndi naxó (del mazateco “pequeña flor”, otra denominación utilizada para nombrarle al honguito), como afirmaría Citlali Rodríguez Venegas (2015: 46), no es un “lenguaje humano”, ya que los honguitos son el “cuerpo-carne” de un mundo otro – dato que muchos mazatecos, con énfasis, dirían que es secreto, que no puede ser abiertamente dicho y mucho menos publicado.

En otras palabras, estas “palabras-floridas” corresponderían a una simbología de otra orden, un “lenguaje-otro”, “catalizador, que otorga poder de transformación al chjota chjine” y a aquellos que entran en contacto con los ndi naxó. Como Citlali Rodríguez aporta de Munn (1973 apud ídem), la voz del curandero cambia y se convierte en una voz “áspera, más gutural”, es decir, se vuelve una ‘voz-otra’, de otro tipo, y su contenido se vuelve una ‘palabra-flor’, una ‘palabra-sabia’. Para los extranjeros, sin embargo, la bioética es otra: la propiedad psicotrópica es la responsable por convertir los honguitos en ‘reales liberadores poéticos’, o más que eso, en ‘poesías comestibles recomendadas para cantar’.

En general, de esta breve reflexión sobre la vulgarización internacional de la figura de María Sabina (es decir, de la constitución de su etnocelebración), es posible notar que ambos tipos de chismes (tanto el que practican los mazatecos cuanto los extranjeros) producen efectos y afectaciones, consecuencias y resultados. Algo que se puede vislumbrar es que, tanto para la lógica de los mazatecos cuanto para los no mazatecos, hay cosas que deben de permanecer secretas, o que deben de permanecer ocultas. El secreto, en ese caso (y recordando a Bateson, 1954), se guarda en las secreciones de aquello que es ritualizado, en el sentido de lo que es ingerido. Y todo esto resulta muy delicado, dado que en pleno período de incorporación al Programa de Pueblos Mágicos, los honguitos se queden tan escasos en ciertos periodos del año y muchos de ellos con poca potencia, y ya no se encuentren fácilmente en Huautla de Jiménez, debiendo los chjota chjine emprendieren salidas para buscarlos en otras regiones menos pobladas, donde llegan menos extranjeros.

Debemos de reconocer que María Sabina, al fin de cuentas y mismo después de su muerte, bajo las formas de sus polifónicas imágenes, sigue bien viva, y más: continúa modificando vidas al modificar ciertas dinámicas entre sus congéneres mazatecos. ¿Pero, será que Sabina al mínimo le entendía a Wasson, para permitirle o no las publicaciones? ¿Y Wasson, él habría intentado entenderla? Un “jao” (palabra que usan los mazatecos para afirmar cosas, algo parecido a nuestro “sí”), dependiendo del contexto, podría tener muchas acepciones. Los equívocos podrían ser muchos. Y para finalizar, les hago más un chisme periodístico: como nos cuenta el propio Wasson (1980: 30), un periodista llamado Alberto Ongaro, en 1971 publica una entrevista en el periódico L’Europeo, donde presenta una entrevista con María Sabina; en esa entrevista, la señora afirma que no le ofreció su velada a Wasson; en verdad, ella la hizo bajo el pedido del presidente Cayetano García, sin derecho de rechazo.

Dado que el chisme tiene la posibilidad de enfermar a las gentes, ¿sería la dicha escasez de potencia de los honguitos la consecuencia de ese “chisme/mentiroso internacional” que le hizo Wasson sobre Sabina? Sus efluvios, a lo mínimo, suelen ser raros.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BATESON, Gregory. “Metalogue: Why a swan?” in “Steps to an Ecology of Mind”. Chandler Publishing Company: University of Chicago Press, pp. 33-37, 1954.

DUNBAR, Robin. “Grooming, Gossip, and the Evolution of Language”. USA: Harvard University Press, 1996

FIKES, Jay Courtney. “Carlos Castaneda, oportunismo académico y los psiquedélicos, años sesenta”. Trad. Clara Escario & Juan Samper. Xlibris Corporation: USA, 2009

FRANCHETTO, Bruna. “Falar kuikuro: Estudo etnolinguístico de um grupo Karíbe do Alto Xingu”, vol.II. Tese de Doutorado, Programa de Pós-Graduação em Antropologia Social do Museu Nacional (UFRJ), 1986.

JAKOBSON, Roman. “Linguística e Comunicação”. Trad. Izidoro Blikstein e José Paulo Paes. FFLCH, ECA / USP. Ed. Cultrix. São Paulo, 1992.

RODRÍGUEZ, Citlali Venegas. “La ilusión turística: mazatecos, niños santos y güeros en Huautla de Jiménez, Oaxaca”. Tesis de Maestría, Tutor Dr. Johannes Neurath Kugler, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ciudad de México, 2015.

SÉNECA, Epistulae Morales ad Lucilium. “Briefe an Lucilius”. Ed. y Trad. Gerhard Fink. Düsseldorf: Artemis & Winkler, 2007.

WASSON, Robert Gordon. “El hongo maravilloso: Teonanácatl. Micolatría en Mesoamérica”. Trad. Felipe Garrido. México: Fondo de la Cultura Económica, 1980.

 

REFERENCIAS ELECTRÓNICAS

Diccionario de Lengua Española – Real Academia Española.

“Chisme”. http://dle.rae.es/?id=8tUu95T (acceso día 10 de marzo de 2018).

“El chismoso es un terrorista: Papa Francisco”. Monterrey, sábado, 10 de marzo de 2018. Periódico El Horizonte – La verdad como es. Página de internet: http://www.elhorizonte.mx/internacional/el-chismoso-es-un-terrorista-papa-francisco/1683325 (acceso día 10 de marzo de 2018).

Anita Lino

Anita Lino

Doctora en Antropología Social

Anita Lino (Ana Paula Lino de Jesus) es Maestra en Antropología Social por el Programa de Posgrado del Museo Nacional de Río de Janeiro / UFRJ y Doctoranda también en Antropología Social por la misma institución. Es graduada en Lingüística por la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp). Sus áreas de interés son: etnología, lenguas indígenas, lengua española, canto, poesía, cuerpo, movimiento, ritual, psicoactivos, psicoanálisis y género/sexualidad. Ha integrado el Centro de Estudios Mesoamericanos y Andinos en la Universidad de São Paulo (USP) como coordinadora del Grupo de Estudios de Lengua Quechua y actualmente es vinculada al NuPeLi (Núcleo de Pesquisas Lingüísticas) del PPGAS / Museo Nacional – UFRJ, al Anaconda (Laboratorio de Antropología Movimientos Cuerpos Sentidos) del PPGAS / Museu Nacional – UFRJ, y al NEIP (Núcleo de Estudios Interdisciplinarios sobre Psicoactivos). Es musicista, multi instrumentista y productora musical independiente: desarrolla temas sonoros (soundtracks) y tiene trabajo dedicado a la etnomusicóloga Ruth Finnegan (“A Eficácia do Mundo”, 2015); su trabajo musical se encuentra en el website: https://soundcloud.com/anita-lino.