El consumo contemporáneo del mambe como acto político

Ene 24, 2018 | Plantas Sagradas

Salima Cure

Doctora en antropología

Leer Bio

En el mundo del comercio responsable, una frase de uso común es aquella de que “el consumo es un acto político”, entendiendo con esto que nuestras decisiones sobre lo que consumimos, compramos, y a quién compramos tienen efecto sobre el mercado y favorecerían la construcción de relaciones comerciales alternativas más justas con el productor, el ambiente y el consumidor. Es una expresión que me gusta, porque ubica el acto del consumo en el campo de la decisión, y no de la acción pasiva que se le suele adjudicar.

En el diccionario Real de la lengua española, la palabra consumir es definida en términos poco positivos como destruir, extinguir, afligir, acabar. Una definición que no se aleja mucho de aquella que prevalece en la prospectiva económica, donde el consumo es entendido como un lugar de reproducción de la fuerza de trabajo, y como un requisito para la expansión del capital, por lo tanto, una actividad pasiva y alienante que se agota en el momento de la compra.

Desde una perspectiva sociocultural, el consumo, en cambio, puede ser entendido desde el ámbito de la construcción de relaciones sociales, de la diferenciación social y distinción simbólica entre grupos. Es, en ese sentido, como sostenido por Appadurai, como un acto, “social, relacional y activo, en vez de privado, atómico y pasivo” (1991:48). Además de satisfacer necesidades y deseos, el consumo es un proceso de apropiación de los objetos, o bien, la adquisición de una mercancía es el comienzo de un trabajo de producción simbólica que hace el consumidor. Y esto ocurre igualmente con el consumo
de sustancias psicoactivas, por ejemplo, el consumo de mambe (hojas de coca en polvo) entre diversos sujetos no indígenas está inmerso en complejas estrategias identitarias, procesos de identificación y reconocimiento de sí mismo y de los otros, asi como con la creación de nuevos significados sobre la sustancia y su consumo.

¿En qué radicaría desde mi punto de vista ese acto político del consumir mambe? Considerando entonces el consumo como ese campo de creación de significado de los objetos, considero que esas modalidades urbanas de consumo podrían estar ayudando a subvertir esa odiosa carga negativa que todavía en Colombia pesa fuertemente sobre la coca, esa que en el sentido común1 de la mayoría de la sociedad la relega a materia prima para la fabricación de cocaína. Basta recordar, por ejemplo, esa desafortunada publicidad de la Dirección Nacional de Estupefacientes en onda hace algunos años que hablaba, usando la voz de una niña, de la mata que mata refiriéndose a la coca, la marihuana y la amapola.

Hablando con algunos indígenas que venden mambe y con algunos de sus consumidores se evidenciaba que dicho comercio y consumo está generando un discurso alternativo al que oficialmente la ha ubicado en la cadena de la producción de cocaína. Quienes mambean, o usan productos en base de coca están creando con su acto una narrativa que rescata la coca en cuanto planta que posee propiedades nutricionales y medicinales, algunos por ejemplo la consideran un excelente digestivo y laxante, un energizante, útil para superar mal de alturas, así como una fuente importante de calcio. Para otros, en cambio, es una muy buena sustancia recreativa por sus efectos estimulantes que alejan el sueño y favorecen la charla en contextos de reunión o fiesta con amigos, o para poder concentrarse en el ejercicio de actividades intelectuales.

En ese cambio de perspectiva un elemento fundamental ha sido sin duda la relación que se suele establecer entre la coca y lo indígena. Para muchos de los consumidores urbanos del mambe vincular su consumo con el productor indígena que se lo vende incide en modo significativo en la apropiación positiva de la sustancia. Se le concibe como algo ancestral, medicinal y vinculado a un profundo conocimiento sobre las plantas. De la misma manera, atarlo a lo indígena, hace del mambeo una práctica distintiva, o bien, cargada de símbolos, discursos, conocimientos que la exaltan y la distinguen de cualquier otra actividad de consumo. De hecho, si bien el mambe es comprado y consumido en solitario en ambientes urbanos, esto no quiere decir que el especialista indígena sea totalmente ausente, o que su punto de vista desaparezca en la transacción económica, al contrario, su figura es tan eficaz que influye en modo considerable en la experiencia de consumo entre sujetos no indígenas.

En la siguiente imagen, tomadas en una calle del centro de Bogotá se observa esa relación significativa entre la coca y lo indígena. La coca es sagrada, la coca es vida, es fuente de sabiduría de nuestros ancestros, como dice el grafiti, al lado del cual se puede ver la cara de un indígena detrás de unas hojas de coca, emparentados en una especie de común unidad. Seguramente, en muchas de estas representaciones se está reificando ese mundo indígena, como si se tratara de algo único e ahistórico, pero lo interesante aquí, es que dicha reificación logra ser estratégica, en los términos de Spivak y su idea del “esencialismo estratégico” (en Mellino, 2005), en cuanto permite una mayor eficacia en la acción, o bien, logra incidir positivamente en la imagen de la coca y favorecer un consumo entre una diversidad de personas que viven en las ciudades del país. Así es que, para muchas personas, aún si no han nunca tenido una relación concreta con lo indígena, la representación producida sobre éste, incide en la valorización de productos hechos con coca, como el caso del mambe.

Así mismo, dado que en Colombia no existe una regulación clara ni específica que promueva o impida la comercialización de los productos derivados de las hojas de coca, Martha Zambrano habla de hecho de una “zona gris” entre la legalidad y la ilegalidad, las distintas cooperativas indígenas que comercializan los productos derivados de las hojas de coca, legitiman su actividad apelándose al derecho constitucional que tutela su identidad étnica y cultural, presentando a la coca como una medicina y/o alimento tradicional y ancestral. Esto lo hacen porque el INVIMA, Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos- cuyos argumentos jurídicos se fundan en decisiones políticas influenciadas por la lucha internacional en contra de las drogas, restringe la libre circulación de los productos alternativos derivados de la coca en el país, negando de consecuencia las licencias sanitarias para dichos productos, en ausencia de las cuales es imposible, por ejemplo, comercializarlos en las grandes cadenas comerciales. Los productos elaborados con coca se venden en pequeños negocios de comercio alternativo, o en carpas de eventos culturales, terapéuticos o ambientales, o como el mambe a través de relaciones cercanas entre productores y consumidores.

Ahora bien, el camino por transitar aún es largo para poder lograr superar la estigmatización que aún pesa sobre la coca en el país. Como afirma Zambrano (2012), ésta es una figura incómoda en el altar en el que se celebra el patrimonio inmaterial de la nación, de hecho, no ha sido reconocida como patrimonio inmaterial, como sucede en países como Bolivia y Perú, donde la industria y comercio de productos cosméticos, alimentarios, medicinales derivados de la hoja de coca está bastante desarrollada y goza de acogida entre nacionales y visitantes.

En los casos por mí explorados, el consumo y comercio urbano del mambe suele aún darse en espacios privados, o bien, entre las redes de amigos o de las comunidades terapéuticas o espirituales donde suele usarse, no es tan visible en espacios públicos como lo estudiado por Silvia Rivera (2003) en las ciudades del norte de Argentina, donde hay consumo desenvuelto de hojas de coca en diversos lugares públicos y entre distintos sujetos. Como decíamos, aún en Colombia suele ser muy fuerte la mala reputación de la coca. Tal visión conflictual y ambigua se mantendrá hasta cuando la coca siga siendo considerada un “estupefaciente” por las disposiciones de la Convención Única de 19614, y siga estando al centro de distintas acciones jurídicas y represivas que encuentran en las fumigaciones de coca con glifosato una de sus más violentas expresiones, a lo que se suma la criminalización de miles de personas que en su cultivación para la producción de cocaína ven el único modo para vivir.

En el escenario de discusión política de mayor importancia en estos últimos años en el país, o bien, los acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, las propuestas y acciones para la solución de la problemática del tráfico de drogas continuron siendo bastante conservadoras, es decir, primaron las formulas de sustitución de los llamados “cultivos ilícitos” sobre propuestas que permitieran la creación de un mercado lícito de los productos derivados de la planta de coca y el reconocimiento de su consumo urbano. Ni que decir, sobre la ausencia de la revisión o anulación de la Convención Única de 1961. Estamos aún lejos de la Bolivia del presidente Evo Morales, quien, en un acto simbólico sin precedencia masticó hojas de coca en una reunión de las Naciones Unidas solicitando además el retiro de la coca de tal convención.

El mayor reto político al que podríamos aspirar quienes consumimos mambe u otro tipo de productos hechos con hojas de coca, sería, desde mi punto de vista, el de exigir la descriminalización dictada por dicha Convención. Claro, este imaginado escenario metería en debate nuevas cuestiones, que irían más allá del reconocimiento del consumo no indígena de la coca. Implicaría una discusión en torno a la legalidad de su comercialización, que como decíamos es bastante ambigua y se basa sobretodo en base a la diferenciación étnica, o bien, dicha comercialización hecha por los indígenas no está expresamente ni prohibida ni permitida, pero sí circunscrita a los resguardos indígenas. ¿Cabrían en ese escenario posibilidades de comercialización actuadas por sujetos no indígenas, por ejemplo, campesinos o gente que vive en las ciudades, y que se diera en escalas un poco más amplias?

A la Colombia del postconflicto le correspondería tomar más en serio el asunto del mercado alternativo de la coca, en vez de seguir fumigando y erradicando los cultivos – de hecho este mecanismo sigue siendo considerado por representantes del gobierno como la solución a raíz de los últimos datos sobre el crecimiento de cultivos de coca en el país- como si no bastase todo lo que estas medidas represivas han ocasionado en el deterioro ambiental de extensas zonas del país, y en el agravamiento de la salud de tantas personas que viven en el campo. ¿Por qué, como dice Rivera (2003), seguir perdiendo la oportunidad de exportar hojas de coca para el mercado mundial de infusiones y remedios naturales? La paz en Colombia depende también de la construcción de este tipo de nuevas miradas que derrumben estereotipos como el que pesa sobre la coca; la construcción de esa paz nos llama a osar de nuestra imaginación para encontrar soluciones creativas y colectivas.

Bibliografía

Appadurai, Arjun. 1991. “Introducción: las mercancías y la política del valor” en La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de las mercancías. Arjun Appadurai (edi.). México: Ed. Grijalbo.

García Canclini, Néstor. 1995. Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. México: Ed. Grijalbo.

Hall, Stuart. 2006. Il soggetto e la differenza. Per una archeologia degli studi culturali e postcoloniali. Roma: Meltemi editore.

Mellino, Miguel. 2005. La crítica postcoloniale. Roma: Meltemi ed.

Rivera, Silvia. 2003. Las fronteras de la coca. La Paz: IDIS-UMSA y Ediciones Aruwiyiri.

Zambrano, Marta. 2012. Entre el estado y la nación: ambigüedades de las políticas de comercialización y activación patrimonial de la hoja de coca y sus derivados en Colombia. No publicado.