¿Quién está vigilando?

Sep 29, 2015 | Política | 0 comments

Erika Dyck

Erika Dyck

Ph D. en Historia

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 escrito especialmente para este blog

 

Un renacimiento psicodélico ha renovado el interés clínico en el uso de drogas como el LSD, pscilocybina, MDMA, y ayahuasca. El interés por los psicodélicos como herramientas legítimas para la salud y la curación, sin embargo, también renuevan viejas controversias. El horizonte del sistema de salud en las adicciones, los cuidados paliativos, y el trastorno de estrés post-traumático, ofrecen fructíferas vías de investigación para la ciencia psicodélica, pero más aún para los pacientes que reciben estos tratamientos potenciales. El papel de la espiritualidad en la medicina ha sido cada vez más secularizada o racionalizado del encuentro clínico; es el regreso de los psicodélicos un antídoto a este impulso modernizador? ¿Puede su regreso ofrecer un enfoque más compasivo a nuestra creciente necesidad de servicios de cuidados paliativos, avances significativos en el tratamiento de las adicciones, y una apreciación más sofisticado para la atención integral en el siglo XXI?

 Terapias psicodélicas en la década de los 50 se comprometieron en trascender los enfoques clínicos tradicionales abrazando elementos espirituales y fisiológicos de la curación. Los pacientes y sujetos de investigación a menudo informaron sobre los cambios en perspectiva psicológicos, incluso ontológicos, como resultado de una sesión de terapia de dosis única. La investigación más prometedora se centró en el alcoholismo, pero el enfoque psicodélico, fusionando la curación espiritual y psicológica juntos, la colocó en los márgenes de la investigación aceptable dentro de la comunidad científica, incluso situándola dentro de un conjunto de tradiciones curativas mucho más largas.

 El estudio de las intersecciones de la espiritualidad, la conciencia y la ciencia del cerebro es probablemnte más allá del alcance de casi todos los investigadores biomédicas del siglo XXI, cuyo tiempo es cada vez más dedicado a asegurar subvenciones, llenar formularios de ética y pasar horas en el laboratorio acumulando datos que son, en gran medida, cuantitativa. La ciencia moderna se ha centrado en la acumulación de datos y por lo tanto ha alejado de preguntas más amplias sobre el impacto de los resultados de nuestra vida diaria. Este cambio en la cultura de la ciencia también puede restringirlo de hacer preguntas significativas acerca de la ciencia en la sociedad, o puede confinar los sitios de la innovación a lugares modernos y occidentales. La ciencia psicodélica, sin embargo, alienta un enfoque más profundo y más interdisciplinario, que se basa en las experiencias de los curanderos en, por ejemplo, Brasil, México, Costa Rica y en otros países latinoamericanos. Allí, el conocimiento no clínico del peyote y la ayahuasca puede ser de un valor real a los investigadores menos familiarizados con el contexto y la tradición de su uso en situaciones donde la curación, la espiritualidad y la comunidad juegan diferentes roles a los de un laboratorio biomédico desinfectados.

 Históricamente, el LSD y sus primos psicodélicas no han sido simplemente víctimas de la ciencia poco sofisticada; podría decirse que los reguladores de drogas los han expulsados de la existencia legítima basándose en suposiciones acerca de sus peligros percibidos, efectos secundarios, y el apetito para el abuso. Nuestra fe cultural en la capacidad de los regulaciones de los farmacéuticos para protegernos de sustancias nocivas, mientras que la apertura de los mercados a una industria farmacéutica cada vez más competitiva y multimillonaria, ha seguido reforzando la noción de que las drogas “buenas” curan, mientras que las drogas “malas” intoxican y corrompen.

 Como era de esperarse, la burocracia en la regulación de las drogas ha crecido exponencialmente en los últimos cincuenta años, y ha llegado al punto de ser recientemente criticada por hacer decisiones políticas en lugar de las basadas en la evidencia. En el 2007 el farmacólogo británico, David Nutt publicó una escala de perjuicios en la revista The Lancet, donde argumentó que las drogas psicodélicas eran mucho menos pernisivas que sustancias reguladas como la nicotina y el alcohol.[1] Después, fue despedido de su puesto en el Consejo de Asesoramiento sobre el Abuso de las Drogas, lo que lo catapultó en los debates sobre la renovación en la investigación médica de los psicodélicos. Posteriormente él se refirió a la brecha que ha crecido entre los ensayos clínicos de drogas y las regulaciones gubernamentales, lamentando el “laberinto burocrático de enormes proporciones” que disuade “incluso el investigador más comprometido.”[2] La regulación liberal puede contribuir a afirmaciones científicas hiperbólicas y programas de investigación entusiastas, pero los controles regulatorios estrictos pueden sofocar posibles terapias o el desarrollo de información científica básica. La reglamentación puede proporcionar un grado de seguridad y de responsabilidad reducida que facilita la obtención de un medicamento en el mercado, pero difícilmente facilita el ajuste de los parámetros de investigación para una nueva sustancia o una aplicación novedosa.[3] La atención crítica que se le está prestando al complejo mega-industrial farmacéutico y su regulación puede ayudar a equipar mejor a los investigadores clínicos a arrebatar el poder de una burocracia reguladora, si una agenda basada en la evidencia se impone. Parece entonces que la ciencia y la regulación pueden estar moviéndose en direcciones opuestas. Los científicos están menos dispuestos o menos capaces de aprovechar sus investigaciones basadas en datos y desviarlas de objetivos políticos, mientras que los reguladores son más propensos a responder a las agendas políticas en lugar de las pruebas producidas científicamente.

 Mientras que estas circunstancias evolucionen, todavía hay al menos una pieza faltante en la rompecabezas psicodélica. El tema del control ocupa un lugar preponderante. Si tuviéramos que avanzar rápidamente a un tiempo y lugar en que el LSD circularía en las salas de cuidados paliativos, donde los soldados que sufren de trastorno de estrés postraumático pudieran solicitar una sesión psicodélica, donde los adictos pudieran calificar para una sola sesión intensa de tratamiento de conciencia cambiante o donde podría revisar un REB para un laboratorio bien financiado, donde los neurocientíficos estarían libres de preguntar dónde la espiritualidad activa el cerebro, quien asumiría la responsabilidad de volver a evaluar la seguridad, o del establecimiento de criterios para la distribución, regulación y prohibición? Aunque hay pruebas convincente para dar un lugar en la medicina a las drogas psicodélicas, todavía tenemos que reconciliar la cuestión del control. Si, y esto es un gran si, revisamos los reguladores de drogas estatales y imponemos un enfoque de la política basado en la evidencia, es la comunidad médica preparada para tomar posesión de los dilemas psicodélicos? Los investigadores en la década de los 50 creían que podían. También se produjeron libertarios como Timothy Leary, que creía que todo el mundo debería tomar LSD, y conservadores, como Abram Hoffer, quien en cambio sugirió que el LSD sólo debía utilizarse en entornos clínicos bien controlados. Otros combinan estas perspectivas, distribuyendolo entre sus amigos, con el pretexto de la investigación, para generar redes elites de voyeurs psicodélicos que exploraron los límites expansivos de la conciencia, pero prefirieron mantener esas experiencias por sí mismos, en lugar de desarrollar opciones terapéuticas. Tal vez un estudio del pasado puede ayudarnos a anticipar una nueva generación de desafíos regulatorios.

 Pero lo más importante, ¿qué quieren los pacientes? ¿La creciente demanda de cuidados paliativos justifica otro vistazo a la medicina psicodélica? Los psicodélicos tienen una reputación clínica y popular para desplazar el propio “yo” y para cortar las ataduras crueles de la realidad, que se mantienen bajo control por el miedo a morir. Es famosa la solicitud de LSD de Aldous Huxley en su lecho de muerte para lanzarse en su “último viaje” como una salida elegante de un mundo mortal. ¿Estamos dispuestos a aceptar, y de hecho regular, esta particular forma de morir con dignidad? La reciente despenalización y la desregulación de los psicodélicos en los laboratorios de neurociencia sugieren que el contexto cultural ahora puede estar más propenso para aceptar la paliación y psicodélicos como características modernas de la vida más globalizada del siglo XXI, una más tolerante de una fusión de ideas, tradiciones, y culturas. ¿Estamos, como pueblo y sociedad, listos para emprender este viaje?

 

[1] David Nutt, et al, “Development of a Rational Scale to Assess the Harm of Drugs of Potential Misuse,” The Lancet 369(2007): 1047-53.

[2] “End the Ban on Psychoactive Drug Research,” Scientific American (2014) 310(2): 33. Consulted at http://www.scientificamerican.com/article/end-the-ban-on-psychoactive-drug-research/

[3] Varias personas lo han subrayado, entre ellos: Harry M. Marks, The Progress of Experiment: Science and Therapeutic Reform in the United States, 1900-1990 (Cambridge: Cambridge University Press, 1997); David Healy, Let Them Eat Prozac: the Unhealthy Relationship Between the Pharmaceutical Industry and Depression (New York: New York University Press, 2004); and Richard DeGrandpre, The Cult of Pharmacology: How American Became the World’s Most Troubled Drug Culture (Durham, Duke University Press, 2006).

Erika Dyck

Erika Dyck

Ph D. en Historia

Erika Dyck es profesora y Catedrática en investigación de Canadá en Historia de la Medicina de la Universidad de Saskatchewan. Ella es la autora de Psychedelic Psychiatry: LSD from Clinic to Campus (Johns Hopkins University Press, 2008, publicado por University of Manitoba Press, 2011), editora del libro póstumo de Fannie Kahan, A Culture’s Catalyst: Historical Encounters with Peyote and the Native American Church in Canada (University of Manitoba Press, 2016), y autora de varios artículos sobre la historia de los psicodélicos.