Peyote en los Estados Unidos: Prisionero de guerra mientras que la guerra mengua

Oct 7, 2015 | Cultura | 0 comments

Martin Terry

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Biólogo

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Keeper Trout

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Investigador independiente

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 escrito especialmente para este blog

Peyote (Lophophora williamsii) es un pequeño cactus del desierto de Chihuahua que tiene un historial de uso humano que se remonta al menos 6.000 años (Terry et al., 2006).  Actualmente sus principales usos son medicinales (sensu lato), incluyendo el uso ceremonial en las reuniones de la Iglesia de los Americanos Nativos (NAC), una organización que fue fundada en Oklahoma en 1918 (Stewart, 1987) y que posteriormente se ha extendido para incluir congregaciones a lo largo de los 50 estados, y Canadá también (Terry, observación personal).

En los EEUU, el uso del peyote por los norteamericanos indígenos (o por cualquier otro) no estaba muy bien conocido fuera de las culturas tribales—aunque se hicieron esfuerzos oficiales para dar a conocer y demonizar al peyote, por un agente de la Dirección de Asuntos de los Indios (Johnson, 1912). Esa campaña de propaganda fue en gran parte similar a la campaña que se hizo contra el cannabis, lo cual fue demonizado vigorosamente por una sola persona en el gobierno federal en las décadas de 1930 y 1940 (Anslinger y Cooper, 1937). El peyote ganó más fama en la década de1950, cuando Aldous Huxley publicó The Doors of Perception (1954) y la Generación Beat descubrió los efectos psicoactivos del peyote y su alcaloide principal, la mescalina (por ejemplo, Kerouac, 1955). A medida que los Beatniks, que eran siempre una pequeña subcultura artística y literaria que constituía sólo una pequeña fracción de la población estadounidense, se desvanecieron gradualmente de la escena, y fueron reemplazados en los años 1960 y los 70 por un nuevo “contracultura” que incluía a los Hippies—esencialmente una generación demográficamente numerosa y muy vocal, de jóvenes que defendíanvalores bastante diferentes de los de la cultura dominante, con la cual los jovenes a regañadientes compartían el país. Entre esos valores, claramente articulados en la música popular y la literatura de la época (por ejemplo, Robbins, 1971), había un gusto bastante sofisticado para un espectro de drogas psicoactivas que los conocedores de la contracultura denominaban “psicodélicos” (medicamentos que se expandían la mente)—los cuales por supuesto incluían el peyote.

A medida que los años 1960 progresaron, varias fuerzas llegaron a influir en el uso del peyote y su regulación:

(1) El consumo de drogas en general aumentó en los EEUU, debido en parte a la apertura de la contracultura a la experimentación con las drogas por sus efectos psicoactivos, y también debido a la exposición a las drogas (especialmente la cannabis y los opiáceos) que sucedió en una escala masiva entre los soldados de los EEUU en la guerra de Viet Nam.

(2) Además del nivel normal de recolección del peyote por los norteamericanos indígenos para su uso ceremonial, en la década 1960 las poblaciones silvestres de peyote fueron invadidos por gente no indígena de la contracultura, en busca del peyote para su propio uso. Algunos de tales usos podrían describirse como ceremoniales, espirituales o educativos, mientras que otros de los usos no indígenos fueron descritos peyorativamente como “recreativos”. Este aumento en el nivel de la recolección en las poblaciones silvestres de peyote resultó en la destrucción gradual de las poblaciones, que aún hoy siguen siendo la única fuente de peyote para todos los usos humanos.  Ese aumento de la cosecha—generalmente por allanamiento—también creó animosidad entre los recolectores no invitados y los ganaderos en cuyas tierras el peyote crecía. Otro efecto del aumento de la cosecha de peyote en la limitada—y siempre menguante—área de tierra en el sur de Texas donde el peyote crecía en cantidades comerciales, era tan sutil que no comenzó a emerger visiblemente hasta la década de 1990, cuando llegó la realización gradual entre algunos norteamericanos indígenos, que el peyote se había puesto escaso. De hecho, en la primera década del siglo 21, la calidad ceremonial del peyote se había deteriorado, ya que los empleados de los distribuidores registrados de peyote estaban cosechando en su mayoría pequeños botones de rebrote que habían reemplazado en gran medida las plantas de peyote maduros en las poblaciones accesibles, y algunos de los Hombres del Camino (líderes espirituales que dirigen los ceremonios de peyote en la NAC) estaban enfrentando dificultades para obtener suministros adecuados de peyote por sus propios miembros de la NAC, y por lo tanto ya no tenían el lujo de poder invitar a gente no indígena para asistir en sus ceremonias. Esto significaba, en términos prácticos, que los blancos ya no estuvieron bienvenidos en los ceremonios de la NAC, y el resultado en muchos casos fue la pérdida de una importante función socio-espiritual de los mítines de peyote, es decir, la función de proveer un vehículo apropiado para lograr comprensión transcultural y armonía entre los blancos y los indígenos.

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(3) La paranoia sobre supuestos efectos nocivos de las drogas psicodélicas, aumentada por la ignorancia sobre la farmacología de los psicodélicos de parte de la corriente principal de la cultura de los EEUU, infectó crónicamente a la generación dominante, mientras que la brecha entre la cultura dominante y la contracultura se amplió, en gran parte debido a las diferencias en las percepciónes de las drogas psicodélicas en sí, y al aumento del volumen y la estridencia de protesta doméstica contra la guerra de Vietnam, en particular por parte de la generación jóven.

(4) La Ley de Sustancias Controladas de 1970 (CSA) fue la solución de presunción de la cultura dominante al “problema de las drogas.”  Sin embargo, tenía una serie de defectos, y una de ellas era la clasificación del peyote como una sustancia controlada del Anexo 1―definida como una sustancia que no tiene “ningún uso médico aceptado” y además tiene “un alto potencial de abuso” (Drug Enforcement Administration, 2015).  Ese error compuesto, hecho por el Congreso de los EEUU y los asesores del Congreso, podría ser atribuido a una confusión, de manera que el peyote y el LSD fueron tratados como si fueron idénticos, ambos siendo equivocadamente clasificados como “alucinógenos.” Eso fue posible por el prejuicio y la ignorancia sobre el peyote por parte de todas las partes involucradas en la elaboración de la legislación y la prisa con que la CSA fue improvisado por los asesores y caucho-sellada por el Congreso, cuyo interés principal era “resolver el problema de las drogas” con una legislación que sería compatible con las creencias de sus electores. El descubrimiento de la verdad (tanto farmacológica como cultural) sobre el peyote no era una meta del ejercicio legislativo.

La manifestación más clara de esta última observación fue la manera en que el Congreso abordó “el problema de los indios americanos” en la elaboración de la CSA y legislación posterior sobre peyote.  La “verdad incómoda” era que los nativos norteamericanos―quienes eran cada vez más vocales y políticamente poderosos―habían estado utilizando el peyote legalmente en los EEUU desde que el NAC se estableció en Oklahoma en 1918, y algunas tribus (por ejemplo, los Comanche y los Caddo) podrían referirse a sus historias orales como evidencia de que su uso de peyote extendía en el pasado por varios siglos antes del nacimiento de la NAC.  Los “indios americanos” hicieron un caso fuerte para el Congreso, en los debates previos a las Enmiendas a la Ley de la Libertad de Religión para los Indios Americanos de 1994 (AIRFAA), que su uso ceremonial (o “religioso”) del peyote estaba protegida por la Primera Enmienda de la Constitución de los EEUU y por lo tanto no debía estar sujeta a la prohibición del uso de peyote que se impuso en la Ley de Sustancias Controladas. Los americanos nativos salieron victoriosos al final, y el Congreso incluyó en la AIRFAA una exención para “uso no farmacológico de peyote en bona fide ceremonias religiosas del [NAC].” Y sin embargo, el peyote (la planta) y la mescalina (el alcaloide predominante en la planta) se mantuvieron en el Anexo 1―el mismo Anexo que incluía el LSD y la heroína―lo que indica que el peyote todavía era considerado como una “droga peligrosa” bajo la ley federal (CSA). Llevando esa lógica un paso más allá, la clasificación del peyote como una droga de Anexo 1, y considerando tambien la AIRFAA que proporciona explícitamente una exención que permite el uso continuado de peyote por los indios americanos, significa que el Congreso estaba afirmando que el peyote es una droga peligrosa para la gente blanca, pero que es perfectamente seguro y saludable para la gente indígena. ¡Qué fascinante anomalía farmacológica! ¿O era que los científicos del Congreso habían descubierto que los indios americanos tienen la ventaja genética milagrosa de un gen único que destoxifica el peyote y así los protege de los estragos del peyote?

Por razones no restringidas por los hechos, el Congreso de los EEUU siempre ha visto al peyote como una sustancia adictiva.  Una ley del siglo pasado mandó a construir Granjas Narcóticas Federales, e instrucciones sobre “adictos al peyote” fueron incluidos en la legislación (Congreso de los EEUU, 1929). ¿Será que esas Granjas fallaron por la no existencia de adictos al peyote?

Pero la idea de que hayan adictos al peyote, aunque sea totalmente falsa, era perfectamente compatible con la clasificación de peyote en Anexo 1 de la CSA, debido a su supuesto “alto potencial de abuso.” En el mundo científico, nunca se ha reconocido la existencia de addicción al peyote.  Por el contrario, se reconoce universalmente, tanto por miembros de la NAC y por expertos en la comunidad médica moderna, que el peyote no es adictiva, como se evidencia por el hecho de que las ceremonias del peyote no están programadas durante varios días consecutivos; normalmente se llevan a cabo como máximo una vez a la semana y, para muchos grupos de la NAC, una vez al mes o incluso con menos frecuencia (H. Hopkins, comunicación personal). El patrón habitual de la ingestión de peyote por los usuarios de la NAC se limita a estar dentro de las ceremonias de peyote. Esta baja frecuencia de auto-administración claramente no es compatible con los patrones de uso típicos de una droga adictiva.

En cuanto a la cuestión de si cualquier neurotoxicidad es causada por el uso poco frecuente de peyote en las ceremonias, los datos de un estudio diseñado para abordar esta cuestión sugieren una falta de neurotoxicidad en miembros NAC utilizando peyote ceremonialmente sobre una base regular (Halpern y Pope, 1999) . En un estudio de los registros hospitalarios de una población urbana de lo que parecen no ser miembros de la NAC que buscaron atención médica después de la autoadministración del peyote o mezcalina, los autores concluyeron: “La mayoría de las intoxicaciones con peyote parecen ser de naturaleza leve, y es improbable que produzca síntomas que amenazan la vida “. El signo clínico más frecuente observada fue la taquicardia (que se espera de los efectos de estructura-actividad de la molécula de mescalina), y el síntoma clínico más común observado en el estudio fue “alucinaciones” (Carstairs y Cantrell, 2010). La proposición de que los participantes en este último estudio no eran miembros de la NAC, se apoya en el hecho de que, a nuestro entender, alucinaciones nunca son reportados por los participantes de la NAC en ceremonias espirituales/religiosas de peyote.

Clasificación en el Anexo 1 también indica que el medicamento en cuestión “no tiene ningún uso médico aceptado en los Estados Unidos.” La clasificación del peyote como Anexo 1 por el Congreso estadounidense en 1970 plantea una pregunta importante ¿Quién no aceptó los usos médicos (¡plurales!) de peyote durante al menos los últimos 500 años (y podría decirse que los últimos 6.000 años), y por qué?  Incluso el nombre de la planta peyote en varios idiomas tribales es lo mismo que la palabra para la medicina. Incluso en la moderna Inglés Americano, los miembros de la NAC utilizan constantemente la palabra “medicina” para referirse a peyote. Existe una abundante literatura sobre los usos terapéuticos del peyote entre las tribus de los indios americanos (por ejemplo, Schultes 1938, 1940).También hay una descripción clara de los usos médicos de buena fe del peyote en la literatura española del siglo 16 (por ejemplo, Hernández 1628 [1577]; Sahagún, 1829 [1582]). En la actualidad existen usos generalizados de peyote como tinturas, aceites y pomadas (ungüentos) en México, y un número de estos productos se venden libremente en farmacias como remedios para dolores musculares reumáticos. Está claro que, en contra de la amplia evidencia disponible, el Congreso de los EEUU y sus asesores no podían reconocer el valor médico de peyote a la gente común, y la razón por este incumplimiento deliberado era que tenían que poner el peyote en el Anexo 1 para maximizar su “valor de susto” al público estadounidense, para que los ciudadanos se sentirían ampliamente protegidos de los peligros (falsamente) atribuido al peyote por nuestros legisladores benéficos en su sabiduría ciega.

Pero tal aplicación post hoc de datos válidos para el peyote es de poca utilidad, como el peyote sigue encadenado en el Anexo 1. Y seamos claros: la culpa de la clasificación de peyote en el Anexo 1 se encuentra directamente sobre los hombros del Congreso de los EEUU.  Esa programación del peyote se hizo en la misma legislación que creó la DEA. Una vez que el CSA se promulgó, incumbía a la DEA para hacer cumplir lo mejor que pudieron, a pesar de las masas de contradicciones―no sólo mala ciencia, pero anti-ciencia―que el Congreso consagró en la legislación con el propósito político de protegerse contra los cuchillos políticos de sus constituyentes electorales, quienes querían que todas las drogas se desaparecieran inmediatamente del paisaje.

Casi todos los medicamentos programados regulados bajo la CSA son compuestos químicos que tienen actividad farmacológica políticamente impopular. Hay dos excepciones interesantes a esa generalidad: el peyote y el cannabis. En ambos casos, no sólo los componentes farmacológicamente activos de las plantas, sino también las plantas enteras (vivo o muerto), se colocaron en el Anexo 1.  Recientemente se ha vuelto obvio―y se hace más evidente con prácticamente todos los estudios científicos válidos publicados―que el cannabis fue relegado al Anexo 1 de la CSA en gran parte porque había sido demonizado sin descanso en la propaganda falsa y descaradamente racista de Harry Anslinger.  Los vientos de cambio están soplando favorablemente para el cannabis ahora. Ya la planta ha sido despenalizado, para usos médicos y para uso “recreativo”, en cerca de la mitad de los estados de los EEUU.  Pero la planta permanece federalmente ilegal de acuerdo con la CSA, por lo que hay contradicciones y bastante fricción entre la ley estatal y la ley federal sobre la regulación del cannabis. Sin embargo, se habla ahora de que el Congreso actuará para eliminar el cannabis del Anexo 1 de la CSA en un futuro próximo.

Pero ¿dónde queda la otra planta entera regulada por la CSA―el peyote? Si bien es cierto que el peyote, así como el cannabis, se envasaba políticamente como una oveja con piel de lobo en la década de 1960 para asegurar su clasificación en el Anexo 1 de la CSA, revirtiendo esa clasificación original de la CSA es una tarea más difícil para el peyote que para el cannabis. Las principales razones para esto son: (1) El cannabis es mucho más conocido que el peyote en la corriente principal de la sociedad de EEUU y es mucho más ampliamente utilizado. Tres presidentes de los EEUU han admitido haber fumado cannabis, y la investigación reciente indica que el 49% de la población de los EEUU ha hecho lo mismo. En contraste, sólo el 2% de los estadounidenses han ingerido peyote (Krebs y Johansen, 2013). El cannabis se produce de forma natural en Asia, está naturalizado en los EEUU, y se cultiva en todos los continentes excepto la Antártida, mientras que el peyote se produce de forma natural sólo en México y los EEUU, y se cultiva sólo en muy pequeña escala en los jardines de colectores de cactaceas.  El peyote es tambien menos apreciado por sus usos medicinales, fuera de su rango de ocurrencia natural en el noreste de México y el suroeste de Texas. (2) El mercado potencial de cannabis es enorme en comparación con el mercado potencial del peyote, y la cannabis (una planta anual con un rápido crecimiento masivo) trae un retorno de la inversión que es mucho más grande que lo que puede ser proyectado para el peyote (una planta perenne con crecimiento lento y tamaño pequeño que requiere como una década entre la semilla y la primera cosecha apropiado). Debido a (1) y (2), la financiación de los estudios de seguridad y eficacia de los nuevos usos médicos de peyote es todavía escasa―en contraste con el concurso de los inversores a ofrecer financiamiento para estudios de nuevos usos médicos de la cannabis y sus componentes moleculares. (3) A pesar de que la “Guerra contra las Drogas” absurda y contraproducente está disminuyendo, todavía hay una gran cantidad de la ignorancia y el miedo que se centra en el grupo de fármacos que se caracterizan como “alucinógenos”, y el peyote todavía es considerado por algunos de pertenecer a ese grupo de drogas.  Además, es todavía posible encontrar servicios de tratamiento de drogas que se ofrecen para la adicción al peyote (por ejemplo, Recovery.org, 2015), pero parece dudoso que dichas organizaciones han encontrado ninguna llamada por sus servicios. (Nota: Muchas autoridades conocedores afirman que el término “alucinógeno” no es apropiado para el peyote, y que el término “enteógeno” es una caracterización más precisa para un sacramento religioso, como el peyote.)

¿Cuánto tiempo tomará el peyote para sacudirse las cadenas de error asociado con la guerra contra las drogas, no está claro. Sin embargo, es razonable esperar que el cannabis se “despeje el camino” para el peyote, de manera que con el tiempo el peyote será más ampliamente investigado, más ampliamente utilizado, y que el peyote tomará su lugar legítimo como la medicina, en la farmacopea, así como en el tipi.

Literatura citada

Anslinger, H.J. and Cooper, C. R. 1937. Marijuana: Assassin of Youth. The American Magazine 124 (July): 19–20, 150–153.

Carstairs, S.D., and Cantrell, F.L. 2010. Peyote and mescaline exposures: a 12-year review of a statewide poison center database. Clinical Toxicology 48: 350–353.

Drug Enforcement Administration, 2015. DEA Drug Info, Drug Scheduling. www.dea.gov/druginfo/ds.shtml, accessed 18 September 2015.

 

Hernández, F. 1628 [1577]. Rerum medicarum Novae Hispaniae thesaurus, sue (nova) plantarum, animalium, mineralium Mexicanorum historia. Mascardi, Rome.

 

Huxley, A. 1954. The Doors of Perception. Chatto & Windus, London.

Johnson, W.E. 1912. History, Use and Effects of Peyote. Indian School Journal 12: 239–242, 289–293.

Kerouac, J. 1957. On the Road. Viking Press, New York.

Krebs, T.S., and Johansen, P.-Ø. 2013. Over 30 million psychedelic users in the United States. F1000Research 2: 98. doi: 10.12688/f1000research.2-98.v1.

Recovery.org. http://www.recovery.org/topics/choosing-the-best-inpatient-peyote-recovery-center/ Accessed online 19 September 2015.

 

Robbins, T. 1971. Another Roadside Attraction. Random House, New York

Schultes, R.E. 1938. The appeal of peyote (Lophophora Williamsii) as a medicine. American Anthropologist 40: 698–715.

Schultes, R.E. 1940. The aboriginal therapeutic uses of Lophophora Williamsii. Cactus and Succulent Journal 12: 177–181.

Sahagun, B. de. 1829 [1582]. Historia General de las Cosas de Nueva España.

Carlos Maria de Bustamante, Mexico City.

Stewart, O.C. 1987. Peyote Religion: A History. University of Oklahoma Press, Norman.

Terry, M., Steelman, K.L., Guilderson, T., Dering, P., and Rowe, M.W. 2006. Lower Pecos and Coahuila peyote: new radiocarbon dates. Journal of Archaeological Science 33: 1017–1021.

US Congress. 1929. Porter Narcotic Farm Act (P.L. 70–672, 45 Stat. 1085) [See Chapter 82.]

Martin Terry

Martin Terry

Biólogo

Martin Terry creció dentro del periférico 610 en Houston, Texas, EEUU, donde empezó a estudiar la naturaleza a una edad temprana. Él consiguió su primera comprensión de lo que sucede cuando una agencia gubernamental opera topadoras sin el beneficio de una Declaración de Impacto Ambiental en la década de 1960, cuando el Cuerpo de Ingenieros convirtió a Braes Bayou de un corredor de vida silvestre (no reconocido) en una zanja de drenaje forrado de hormigón, esencialmente sin objeciones públicas. Se hicieron intentos para educarlo en la literatura inglesa, biología, medicina veterinaria y toxicología en Harvard y Texas A & M. Después de 20 años de estar aplicando ese entrenamiento a la agricultura internacional y el desarrollo de productos farmacéuticos, Martin echó el ancla en el Condado de Robertson, Texas, donde él y su entonces esposa Marilyn vivieron durante varios años en una pequeña cabaña en el Post Oak Savanna, criaron ganado Longhorn registrado, y establecieron una nueva biblioteca pública. Durante aquel tiempo, Martin se dedicó a estudiar la plantas, y surgió como un botánico con amplios intereses en las cactaceas, la etnobotánica, la arqueobotánica, la fitoquímica, la genética de poblaciones, la biología molecular, y la biología de la conservación. En ese momento él emigró a Sul Ross State University en Alpine, en el oeste deTexas, donde enseña actualmente en el Departamento de Ciencias Biológicas, Ciencias Geológicas y Físicas, y también sirve como Comisario de la A. Michael Powell Herbario (SRSC). Le gusta guiar a los estudiantes en sus investigaciones y colaborar con colegas de todas partes del mundo en proyectos de investigación sobre cactaceas. Él y su esposa Deirdre se disfrutan escribiendo manuscritos y no haciendo yoga. Los intereses académicos de Martin y su pasión por la protección de las especies vulnerables de cactus, incluyendo el peyote, encajan con eficacia en sus actividades como Presidente del Instituto para la Conservación de Cactaceas.

Keeper Trout

Keeper Trout

Investigador independiente

Keeper Trout es un académico independiente y autor que nació en la “tierra corazón” de los EEUU en 1957. Él tiene un fondo ecléctico que abarca ser dueño de un vivero de cactaceas, haber establecido una carrera profesional de 15 años como orfebre y joyero (terminado por la pérdida parcial de la vista), y haber trabajado como técnico óptico y como asistente de investigación en el laboratorio. A pesar de tener algo de educación formal en la química, la bioquímica y la microbiología, Trout es en gran parte autodidacto. Él ha escrito y publicado siete libros y ha producido una serie de folletos informativos como parte de Trout’s Notes. Desde 1998 hasta 2008, Keeper Trout se desempeñó como Editor Técnico para The Entheogen Review bajo la dirección de Jon Hanna. Un amor para la planta el peyote y otras especies de cactus ha sido una pasión personal por más de cuarenta años. En consecuencia, desde 2004, Trout ha proporcionado trabajo voluntario al Instituto para la Conservación de Cactaceas como fotógrafo y webmaster. Keeper Trout vive en el norte de California.