Notas para cartografiar el uso del 5-meo- DMT de sapo Bufo alvarius en México

Ene 8, 2018 | Cultura

Alí Cortina

Alí Cortina

Historiador

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La emergencia del consumo del 5-meo- DMT extraído del sapo Bufo alvarius (endémico del desierto de Sonora), en la segunda década del siglo XXI, ha traído consigo una serie de controversias en torno a la profundidad histórica de su empleo y a los usos que se le está dando en distintos contextos socioculturales, tal como en espacios urbanos alternativos, así como su incorporación a las culturas indígenas del desierto de Sonora, ámbitos en gran medida interconectados. La “medicina del sapo” difundida principalmente a través de Internet, ha ampliado su demanda en México, Estados Unidos y en algunos países de Europa y Sudamérica, generando el establecimiento de diversas redes que se expanden más allá del territorio bioregional de la especie, a través de la instrumentalización de diversos discursos que subyacen a su empleo.

A lo largo del siglo XX diversos investigadores han especulado sobre el uso ritual de un sapo de la especie Bufo en Mesoamérica, como lo evidencian diversos vestigios arqueológicos en sitios mayas, olmecas y mexicas. El etnofarmacólogo Wade Davis llevó a cabo una profunda investigación sobre el tema en la década de 1990, después de tener la experiencia con el 5-meo- DMT de Bufo alvarius en Arizona, a través de White Dog, hippie de los 60’s que compartió la práctica con diversas personas; misma red que llegó al médico Gerardo Sandoval, uno de los pioneros del uso de esta sustancia en México. Davis corroboró personalmente con los arqueólogos encargados de tales excavaciones los restos de las especies de sapo encontradas, y al ser indistinguibles iconográficamente, llegó a la conclusión de que se trataba de Bufo marinus (especie endémica del caribe latinoamericano), conjetura que lo llevó a interpretar que el uso del liquen de Bufo alvarius era una práctica moderna que había sido impulsada por estudios científicos realizados al veneno de esta especie en la década de 1960, lo que inspiró a diversos psiconautas a realizar la práctica de fumarlo; este proceso habría hecho aparecer el panfleto Bufo alvarius: the psychedelic toad of the sonoran desert, publicado en 1984 anónimamente bajo el pseudónimo de Albert Most, que explica el procedimiento para obtener dicho recurso psicoactivo, el cual llegó a las manos de diversas personas, tal como ocurrió con White Dog.

No obstante, recientes investigaciones etnohistóricas principalmente en el área de Trincheras en Sonora pueden profundizar en el conocimiento sobre si este recurso fue o no utilizado, así como el tipo de uso que se le pudo haber dado en Aridoamérica. Esta es una historia que está por escribirse, por lo que aún no puede afirmarse o negarse si existió un uso tradicional. Al mismo tiempo es menester reconocer los complejos procesos de exterminio, aculturación y exclusión social que han experimentado los grupos indígenas de la zona, quienes fueron divididos arbitrariamente desde el tiempo colonial hasta el presente, y cuyos territorios tradicionales –principalmente de los tohono o´odham- coinciden con el hábitat del Bufo alvarius.

En la actualidad, el consumo del 5-meo- DMT de sapo ha aparecido en diversos espacios, de la mano de nuevos especialistas en su aplicación, conocidos como Facilitadores (término que hace alusión a que estos no intervienen en el proceso de la experiencia: “todo lo hace la molécula”), que ahora pueden encontrarse por todo el país (y en otras partes del mundo), y que en su mayoría han sido dotados de un valor aurático de legitimidad a partir del establecimiento de relaciones con miembros de las culturas indígenas de Sonora. Este imaginario también ha sido promovido por diversos artículos y videos en medios de difusión masiva.

De acuerdo con testimonios recabados, la introducción de la práctica del sapo en las culturas del desierto de Sonora comenzó en el año 2011 con los Comca ac (seris), por intermediación de una organización civil sonorense de Hermosillo, conformada por miembros relacionados a la gestión cultural, las humanidades, el arte, y la psiconautica, que se propusieron integrarlo como un elemento que los ayudara a consolidar su identidad cultural ante el contexto de crisis generalizado en que viven las ocho culturas indígenas del estado de Sonora, la mayor parte de ellas disueltas, y afectadas fuertemente por el narcotráfico. Retomo un fragmento del testimonio de Odily Fuentes, creadora del proyecto: “…todo surgió por un viaje sapo, una visión en sapo […] la idea fue que estaba descontextualizado totalmente el tema del sapo y más que nada fue una obra de otra vez, juntar las piezas que estaban sueltas, en este caso el sapo suelto, la idea de si se usaba o no suelta, […] ya teníamos contacto con ciertas tribus de aquí de la zona, primero teníamos contacto de más de 20 años con la nación comca ac, son los seris, y ya después tuvimos contacto con los tohono […] y así nos fuimos de tribu en tribu…”. Así nació la Fundación Otac (término en lengua comca ac que significa sapo), que impulsó una apropiación del consumo del sapo en relación a la identidad Comca ac. Actualmente el presidente de la asociación es Francisco Barnett Astorga, miembro del consejo de ancianos y destacado líder espiritual, quien recibió el Premio Nacional de Artes y Tradiciones Populares 2017.

En un primer momento, fue con los Comca ac con quienes sucedieron una serie de entrecruzamientos entre diversas perspectivas y prácticas que mediatizaron el uso del sapo en esta cultura. Ejemplo de esto sería la colaboración con el médico Octavio Rettig quien se propuso rehabilitar de la adicción a la metanfetamina (cristal) a algunos de sus miembros a partir de aplicaciones de Otac, cuestión que conllevó a publicitar diversos acontecimientos con miembros de esta cultura como un tratamiento contra las adicciones. Actualmente es un episodio que la Fundación Otac ha dejado atrás, como lo mencionó Odily Fuentes: “La fundación ya dejó ese proyecto experimental con los seris […] fue algo fallido en el sentido de que así no va la cosa, así no va el uso, […] se siguen drogando pues, incluso hasta me tocó ver pipas, de metanfetaminas revueltas con sapo, […] están muy contaminados con metanfetamina, pero tampoco es problema de ellos, lo que pasa aquí es que el mismo gobierno y del ayuntamiento les regalan la metanfetamina, porque es un arma de extinción para el sistema…”.

A pesar de las diversas problemáticas a las que se enfrentan estos grupos, el proceso inacabado y en expansión de tradicionalización del 5-meo- DMT no sólo refleja el inmediato impacto mediático, sino profundos cambios al interior de cada una de las culturas involucradas, pues la práctica se extendió a los tohono o´odham, yaquis y mayos en los años siguientes, por lo que el sapo está comenzando a ser un elemento clave de reivindicación cultural. Algunos de sus miembros han  introducido el 5-meo- DMT de sapo en combinación con sus ceremonias tradicionales. Retomo el testimonio de Samuel Amistron, miembro de la cultura Tohono O´odham: “…al principio yo no quería tomar esa responsabilidad, porque antes de que llegara la medicina a mí, ya se me había dicho en la tribu que yo iba a traer una guía, que es un trabajo pendiente que es volver a emitir […] no soy facilitador de la medicina, sino que aprendí a trabajar con la medicina […] si yo te aplico la medicina te tengo que asistir, tengo que estar viendo, me la tengo que aplicar yo para poder entender lo que está pasando contigo […] lo que hago es estarme aplicando la medicina constantemente para mantener el ego suspendido, […] para no ser yo el que está interfiriendo […] Es la guía que a mí me dieron los maestros allá arriba […] me llevaron hasta donde me tuvieron que llevar con la medicina, para darme la guía cómo trabajar con la medicina, aunque yo quisiera hacerla como la hacen los demás, […] no puedo, no me dejan, si hago lo que yo quiero se me quita ese respaldo que me están dando, con quién me guía y me comunico en el mundo espiritual, con gran espíritu […] la única manera en la que tú puedes estar protegido es con ellos, si ellos me protegen, y yo tengo un respaldo en mi trabajo, como guía de conectarlos con él para que sanen, sea  espiritual, física o mental, ahí donde se trabaja es allá, yo simplemente soy una herramienta al igual que la medicina…”.

Así mismo, debe destacarse el hecho de que el tema del sapo tiene diversos posicionamientos al interior de las culturas involucradas, pues mientras es aceptado por unos, también es rechazado por otros. Sin embargo, su valor económico ha hecho que se mantenga cierta apertura.

Lo acontecido en este ámbito, introdujo el 5-meo- DMT del sapo en el discurso pan-indigenista de las “medicinas ancestrales”, encontrando cabida en los circuitos alternativos de diversas partes del país, donde ya se consumía o se trabajaba con psicoactivos vinculados a ciertas culturas indígenas como el peyote, los hongos, la ayahuasca, la iboga, etc., lo que coadyuvó a su aceptación y difusión entre psiconautas, neosanadores, terapeutas, chamanes urbanos y miembros especialistas de otras culturas indígenas para que se reconociera el sapo como una medicina espiritual, por ejemplo en la Ciudad de México se ha dado sapo a mara´kate wixárika y taitas de Colombia y Perú, así como a diversos abuelos danzantes del movimiento de la neomexicanidad.

De igual manera, el desbordamiento de su empleo en espacios principalmente urbanos, lo ha hecho aparecer en sitios donde convive con el LSD, la xanga, hawaiian woodrose y afines, sin embargo, debido a la potencia psicoactiva que posee, su consumo ha prevalecido en contextos ceremoniales -colectivos o individuales- con la intención de proveer un entorno controlado a la persona que pasa por la experiencia, por lo que el sapo ha entrado en hibridación cultural con una amplia diversidad de prácticas rituales de acuerdo con la interpretación que cada red, grupo e individuo le da para funcionalizarlo –como ocurre con todos los psicoactivos mencionados-, por lo que no puede hablarse de un consumo purificado de 5-meo- DMT de Bufo alvarius.

Con un público cada vez más diverso, la medicina del sapo es buscada -incluso por personas que nunca habían tenido experiencia con otros psicoactivos- como remedio contra toda clase de malestares psico-emocionales (como tendencias suicidas, miedo a la muerte, rupturas de lazos familiares y amorosos), la adicción a otras sustancias (como a la heroína, la marihuana, el alcohol, solventes, etc.), contra el estrés de la vida urbana, como una forma de despertar espiritual y de autoconocimiento. Asimismo, también se ha empleado como tratamiento médico a personas con esquizofrenia y autismo. En términos generales, su aplicación ha mantenido un carácter abierto y experimental.

En este sentido, la transversalidad de diferentes horizontes de discursividad de carácter tradicional, médico-terapéutico y espiritual son los que legitiman y justifican su consumo, aunado a que no es una sustancia legislada y, por lo tanto, se recibe más abiertamente en comparación con otras sustancias prohibidas o reguladas. No obstante, ante la eminente amenaza de extinción de la especie y la prohibición del 5-meo- DMT, como resultado del establecimiento de un mercado negro y ecocidio del sapo, las culturas del Desierto de Sonora continúan organizándose en colaboración con la Fundación Otac en torno a su defensa y protección, proceso que no estará exento de tensiones políticas y socioculturales debido a la diversidad de  posicionamientos en el tema.

 

 

 

Alí Cortina

Alí Cortina

Historiador

Alí Cortina estudió Historia en la Universidad Veracruzana. Actualmente cursa la maestría en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa, donde desarrolla una investigación en torno a los usos contemporáneos del peyote y del Bufo alvarius en la Ciudad de México. Sus líneas de investigación e interés son: la historia de las mentalidades y el pensamiento religioso, la historia de las emociones, la antropología cognitiva, el análisis del discurso, y el uso de sustancias psicoactivas.